El pensamiento de escalas Martes, 25 de septiembre de 2007 Publicado en: Para los alumnos
(otra digresión sobre la contraposición entre lo local y lo global)
Suele ocurrir que sean especialistas de profesiones que nada tienen que ver con la nuestra propia los que, casi siempre por azar, nos descubren esas claves que nos permiten seguir trabajando con ideas más claras y energías renovadas.
Es el caso del enólogo Josep Lluís Pérez, que amablemente aceptó nuestra invitación para dar la clase inaugural del TAP B en la ETSAV, en el que pedimos a los alumnos proyectar una bodega en la falda de la Sierra de Collserola, en la espalda de Barcelona.
Josep Lluís lleva a cabo (con una envidiable energía) una sofisticada labor intelectual y asesora en enología desde su pequeña propiedad del Priorato tarraconense.
Aparte de defender la creación de un vino como labor artística (“Todo el mundo conoce el Vega Sicilia, pero, ¿conoce alguien el nombre del enólogo que está detrás?” repite sin cesar), Josep Lluís argumenta de modo muy acertado que la labor creativa (esa “efervescencia” del vino –del proyecto en nuestro caso- que parece que, en un momento determinado, empieza a pedir cosas por sí solo) no puede ni siquiera comenzar si previamente no hemos acumulado una dosis importante de lo que él llama ciencia (nosotros oficio), es decir, una búsqueda rigurosa, paciente, atenta, de los datos pre-existentes y objetivos.
Él mide las variaciones del diámetro de la cepa, o el número de frutos por racimo, luego perfecciona la planta genéticamente, luego se equivoca, luego vuelve a comenzar; nosotros analizamos el terreno, el clima, la orientación, las necesidades...
Josep Lluís es un férreo defensor del concepto global (feo pero descriptivo palabro) aplicado a la vinicultura: “Desde aquí (mi rincón mediterráneo) me empapo de los valores atemporales de la cultura clásica (la mediterránea); elaboro, con paciencia, mimo, e imaginación, mi producto; sólo al final, con él me proyecto hacia el mundo”, viene a explicar.
Quizás lanzada (aunque lo dudo) a salto de mata, esta frase viene como anillo al dedo para explicar lo que entiendo debe de ser una actitud razonada para posicionarse frente a la dicotomía entre lo local y lo global.
La globalización, imparable fenómeno de universalización de los bienes de consumo y de la comunicación, no lo es tanto, por desgracia, de los bienes “intangibles” de la cultura y la educación. Una joven escritora india explicaba hace poco en un periódico nacional que, en el mundo global. “la pobreza sigue siendo ancestral, y las maneras de volverse rico siguen siendo las de siempre”.
El día que la cultura se pasee a escala global de la manera tan fluida y natural en que lo hacen el crimen o el capital, algo habremos ganado. Si existe desde hace tanto en economía un concepto que se llama “economía de escalas”, y la Unión Europea persigue estructuras que potencien la subsidiariedad, ¿porqué no podemos hablar de algo parecido a un “pensamiento de escalas”?.
Es cierto que la comunicación global (digital) es una buena noticia si de derrumbar oligopolios de concentración de poder (político y económico) se trata; nada puede dar más miedo a los poderosos que se sientan en el vértice de la pirámide que la ciudadanía se entienda entre sí mediante redes de conocimiento que escapan a su control.
Para el arquitecto, la secuencia que defiendo podría resumirse del siguiente modo:
1. Comienzo a escala global: me empapo de valores y conocimientos globales, transversales, atemporales.
2. Sigo a escala local: produzco, proyecto, construyo, con los pies muy pegados a mi entorno (el que tengo geográficamente próximo, o, en su defecto, el que conozco al dedillo); eso sí, con una oreja puesta más lejos (a través de las redes, lo discuto con mi círculo de afines).
3. Como el enólogo, debo ser capaz de proyectarme, al final y con mi resultado, a escala global: mi resultado tiene que ser universalmente comprensible.
(A no confundir, evidentemente, con folclorismos y/o apegos al terruño: nos ha de valer lo que tengamos cerca, sea natal, adoptivo, o circunstancial)
Por eso me resulta difícil comprender a aquellos big-stars de la arquitectura que, subidos en un jet, saltan y construyen en 4 continentes diferentes... Si, según El Modulor, el cuerpo humano es la medida de todas las cosas, ¿porqué no dejar para las máquinas las relaciones a unas distancias que el propio cuerpo es incapaz de asumir, porque le resultan antinaturales?.
(PS/ Y ahora, si viene un cliente chino a proponernos un jugoso contrato en la costa pacífica china, ¿qué haremos? Barbarín, Andrés Perea, entre otros, lo tuvieron claro)
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